Estaba allí, sólo entre tanta gente. Una multitud de voluntades movidas por la necesidad de ganarse el sustento para lograr vivir… sobrevivir… ¡evitar morirse de hambre!

-”Me levanto a las cinco y media de la mañana” – decía en tono de confesión – “y cuando salgo de casa tengo dos horas y media de viaje hasta llegar a mi trabajo”. La réplica vespertina se torna irritantemente obvia: 150 minutos – o más – para regresar a su casa. ¡Cinco horas de viaje y diez de jornada laboral cada día! El resto del tiempo – si se puede llamar “tiempo” – será para todo lo demás: comer, dormir y dedicarle un rato a la familia.

-”No tengo alternativas” – insistía mientras le preguntaban el por qué de tanto sacrificio – “es lo que tengo y no puedo permitirme la libertad de elegir”.

Uno de centenares. ¡Cientos de miles! Montones de historias acumuladas en largas horas de sueños secuestrados. ¡Sueños en el sentido estricto de la palabra, pero también como sinónimo de anhelos y planes hacia el futuro! Es la realidad de millones de personas que cada mañana cuentan con la dicha de tener trabajo (aunque la palabra “dicha” sea una ironía mordaz del idioma).

Las ideas de salón, los análisis en la pizarra y las respuestas técnicas pueden ser útiles a la hora de describir la problemática de la esclavitud moderna. Pero el camino de la transformación social se transita por la vía de acciones nacidas del consenso de trabajar por el bien común.

El apóstol Santiago escribió: “Ustedes hacen bien si de veras cumplen la ley suprema, tal como dice la Escritura: ‘Ama a tu prójimo como a ti mismo’”.*

Todos somos responsables, en mayor o en menor medida. Quienes votamos y quienes callamos. Quienes hablamos y quienes preferimos mirar para otro lado. Quienes hacemos y quienes sólo criticamos. Quienes gobernamos y quienes delegamos en ellos nuestra representación.

Que Dios nos ayude a ser personas solidarias, comprometidas con nuestra sociedad.  

¡Buen Fin de Semana!

CRISTIAN FRANCO